por
AlexisRojas
@ Miércoles, Mar. 15, 2006 - 09:00:22 pm

Alexis Rojas Aguilera
En las horas que siguieron al deceso del ingeniero Demetrio Presilla López, ocurrido el viernes 3 de los corrientes a las 3,15 de la madrugada, en el hospital Guillermo Luis Fernández, de Moa, la tremenda humanidad de ese hombre, de inveterado casco aluminado, venía recurrente.
Y la frase dicha cuando recibió su última consideración, en perfecto inglés, idioma que adoptó “para joder”, en los últimos años de su fecunda vida: ¡Siempre estaré aquí!
Fue, casi en susurro, cuando le prendían en su pecho la Orden de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Lapidario epitafio, ante un acto de tardía justicia, que aceptó con humildad. Noventa años tenía entonces. Porque él sabía que estaba por encima de títulos y homenajes, convencido de que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

Presilla nunca actuó por razones materiales y no necesitaba personalmente el reconocimiento, pero la Patria sí. Y él era un patriota.
Sus motivaciones, confesadas o no, eran mucho más profundas, morales, nacidas de muy personales conceptos filosóficos no siempre bien comprendidos por algunos de los que lo rodearon en ciertas etapas de su vida.
No le gustaban las entrevistas, ni los “ruidos publicitarios”, le mortificaba la pérdida de tiempo y no le interesaban los ascensos administrativos. El era técnico de pies a cabeza. Y un investigador de pura cepa.

Fue, ciertamente, un “rebelde” contra todo lo que no entendiera, enemigo de dogmas y estrecheces mentales, nada esquemático, que solía llamar a las cosas por su exacto nombre, lo que “a veces no cae bien”, un perfeccionista en casi todos sus actos.
Un hombre fiel, de vergüenza, de ética sólida y amplia cultura general, que leía a William Shakespeare o Walt Whitman en el idioma materno de los escritores, por la “desconfianza en las traducciones”.
Alguien que hablaba de Marx y Engels, cuando no tenía otro remedio “porque no soy un hombre político”, a partir de la visión de los revisionistas ingleses del siglo XIX, pero que nunca leyó El Capital.
Sin embargo, no recuerdo un marxista, un comunista sin militancia, más consecuente que Presilla, pues contrario a sus reflexiones en el tema, su actuar cotidiano, su sencillez, el desamor por el “mundanal brillo”, la transparencia de sus actos, la consagración espartana al trabajo, su “obsesión” por cultivar los conocimientos científicos, hablaron siempre más que su estentórea voz.
“Nada hay más cristiano, y yo lo soy, que los principios y la ética de Fidel Castro”.

Estos rasgos singulares, entre otras virtudes, los descubrió el Che cuando decidió confiar en él para la magna tarea de poner en marcha la niquelífera Comandante Pedro Sotto Alba, de Moa, la derrota más sonada en el campo de la tecnología propinada por Cuba a los Estados Unidos, junto con otros calificados técnicos como Israel Pérez, Luis Gioto Preval y Lucio Aguilera, entre ellos. Entró en la historia de la mano del Guerrillero Heroico, quien para él siempre fue “mi Comandante”.
Un día, mientras disfrutábamos una Naranjita –su destilación mágica-- de singular bouquet y alto decibeles etílicos, “ron sano, sin artificios”, comentó que “nunca abandonaría Cuba, por ningún dinero del mundo. Aquí está lo mío. Mi gente querida. El sentido de mi vida”.
Y abriendo el corazón: “Mi padre me envió a estudiar muy jovencito a los Estados Unidos, a una escuela religiosa, pues en Mayarí no había posibilidades. Estuve hasta después de terminar los estudios de ingeniero químico y de farmacia, allá por 1940, cuando regresé al comenzar la II Guerra Mundial.
Estados Unidos sería el último lugar del mundo donde dejaría mis cenizas. Como dijo Martí, viví en el monstruo…”
Al volver a Mayarí, Demetrio no encontró trabajo, pero dio cauce, por primera vez, a su otra pasión: la agricultura. Emprendió la siembra de higuereta para fabricar líquido de freno, muy escaso entonces. Nunca más olvidaría que la tierra es la Madre de todo, pues mientras tuvo fuerzas, no abandonó la labranza de su parcela en Cabonico, ni la cría de animales, con los profundos conocimientos de Perito Agrícola.
Al comenzar la apertura de la Nicaro, encontraría el derrotero definitivo. La laterita ferroniquelífera le entró definitivamente en la sangre. Su figura, devenida leyenda desde los días fundacionales de la Revolución, era parte del paisaje natural de Nicaro.
Casco bajo el brazo, cada mañana, venía a pie rumbo a la fábrica Comandante René Ramos Latour o con el chofer Sinecio, en el yipicito Gaz 69 de dos puertas, el único “carrito que me acomoda porque el Che mandó a dármelo”, al hombre que rechazó ofertas tentadoras.
Nadie lo vio nunca pasado de tragos, “mi medicina”, ni conduciendo carro alguno de los que le fueron asignados, “ni me monto”.
El círculo fundamental de sus amistades, entre la gente más humilde de Nicaro y zonas limítrofes.
El anecdotario es infinito. Cada nicarense, cada hombre del níquel, tiene las suyas. Ahora, ya no está. Pero vive. El lo dijo: ¡Siempre estaré aquí! Solo que ahora vaga por encima de los hornos.
Ese día en que lució la medalla de Héroe, fue la última vez que utilizó el legendario casco de minero, el mismo y único que lo acompañó desde 1942, cuando llegó a Lengua de Pájaro, para construir a Nicaro y echar raíces.